jueves, diciembre 29, 2011

EL NIÑO JESÚS SE PORTÓ BIEN
Aún no he comenzado a leerlo, pero pronto lo haré. 

Quien pueda leer en paz en casa de sus suegros, sepa que es un bienaventurado.

Abrazos y felices fiestas para todos.

martes, diciembre 20, 2011

MIRAR EL TECHO
Por aquí me encuentro bien, trabajando, mirando el techo e investigando sobre asuntos que dan muy pocos réditos en este planeta gobernado por expertos en hacer ruido. Lo bueno de dedicarse a mirar el techo es que, después de pasado un tiempo, te das cuenta de que tienes bastante información en tu cabeza como para hacer algo distinto: dibujar en el aire, escribir un cuento o una crónica, ofrecer nuevos datos en tus clases, conversar con tus amigos, insultar a la gente que te quiere mal... Mirar el techo tiene su encanto siempre y cuando uno evite volverse adicto a las musarañas.

Observo el panorama, me dan ganas de llorar o de salir corriendo desnudo, pero me mantengo circunspecto, mirando el techo.

Ya habrá días mejores. Mientras tanto preparémonos para todo: para lo mejor y para lo más extraño que pueda ocurrirnos en estas fechas.

jueves, diciembre 15, 2011

EL PADRE
Tienes dos hijos por los que soportas la ceniza de los volcanes, el barro y los truenos de estas playas inhóspitas. Lo más difícil de la vida con tus hijos es explicarles por qué en un mundo sin honor debemos ser honorables y bogar una y diez mil veces contra la corriente llena de coágulos.

Tus hijos aún no te preguntan por qué somos así, raros, extraños, extranjeros, en la porción de tierra que suponemos nuestra. Cuando llegue el momento, deberás decirles que no somos raros, que raro es el mundo que se rindió a la falta de hidalguía, a la estulticia, a la necedad, a la inmediatez. Esperemos que te crean y que sigan siempre el camino escondido que se abre, estrecho, entre las breñas de la adulación y del fanatismo, y que lo sigan hasta que lleguen adonde ellos quieran llegar.

Tienes dos hijos y ahora no ves lo importante que eres para ellos. Quizás los accidentes de cada día te impidan entenderlo, pero ten la seguridad de que la voz que tendrán sus respectivos guías interiores será la tuya, y esa voz les hablará, cuando tú ya no estés, en cada encrucijada que les espere en el futuro.

Tú eres el responsable de enseñarles que la vida trata menos sobre la felicidad que sobre permanecer alertas.

Tú eres el responsable de mostrarles que el amor, el respeto, la fe, la honra y todo lo invisible pesan tanto o más que lo visible.  

Tienes dos hijos. Sé serio. Sé feliz.

jueves, diciembre 08, 2011

LA CHISPA QUE MUEVE AL MUNDO
Cuando terminé de leer El amor en tres platos, me sorprendió tanto que tomé el teléfono y llamé a Héctor para expresarle mi contento. Hoy quisiera hacer algo parecido: tomar el teléfono, llamar al señor Torres y decirle que me gustó mucho El regalo de Pandora, que lo leí de un tirón, que me sorprendió, que me perturbó, que me encantó y que lamento mucho no haber llegado antes a este libro estupendo.

No sé por qué quienes han hablado y escrito sobre este volumen de cuentos se han empeñado en subrayar sólo una fracción —importante, sí, pero fracción al fin— de su complejidad. Quien haya leído reseñas de El regalo de Pandora habrá notado que casi todas se concentran en el innegable talento que tiene Héctor para recrear una y otra vez la omnipotencia vital, sexual y sentimental de sus personajes femeninos, obviando que su libro es mucho más que eso, que es un compendio de historias donde bulle una ciudad descuadernada llena de autobuses y vagones de metro, de ascensores que no funcionan, de botes infinitos de basura, de gente melancólica que se aferra al sexo y a la ilusión del amor para deshacerse así sea durante unos instantes del peso de sus problemas. En ese sentido, hablamos de una obra cuya importancia se expande más allá del erotismo y se asienta en nuestra memoria como un minucioso retrato de los espacios rotos y hostiles de una ciudad que puede ser cualquiera de las de nuestro país, un retrato en el que se puede observar con asombrosa nitidez la perturbación espiritual que produce en sus habitantes la sustitución de la vida por el caos.

Héctor ha escrito una obra portadora de cuanto hace falta para emparentarla con el realismo urbano y sucio de libros como Calletania, de Israel Centeno, y Cerrícolas, de Ángel Gustavo Infante, pero eleva su apuesta a las cotas que demanda nuestra época endemoniada, mezclando a su manera los ingredientes de este tipo de literatura y cambiando los focos de atención de cada historia. Así tenemos que sus protagonistas no son los personajes del imaginario callejero (vagos sostenedores de postes, catadores de anís en las esquinas, motorizados rateros); son las mujeres, y las mujeres de sus cuentos no son las pobres víctimas de los malandros ni las sufridas novias, madres o esposas que esperan a un díscolo galán; al contrario: son damas conscientes del poder que ejercen, de las fuerzas que son capaces de desatar y, en vez de ser los sujetos pasivos del incesante erotismo, son ellas quienes, con sus máscaras de inocencia, azuzan a los monstruos que los hombres —débiles muñecos al fin— llevamos por dentro.

Ese precisamente es uno de los grandes aciertos del libro: la articulación entre lo público y lo privado, entre las anécdotas de alcoba y el retrato lejano, pero descarnado, de nuestras ciudades. En estos cuentos el tránsito narrativo de los individuos a la sociedad, pasa porque sí, y gracias a la imaginación calenturienta de Héctor, por la perversa voracidad femenina. Ellas representan las chispas que reviven a los pusilánimes que pueblan estas páginas, y a partir de ese momento, los otrora taciturnos se mueven, para bien y para mal, inspirados por la práctica del sexo con sus amigas-novias-hermanas-cuerdas-locas-malvadas-brujas-diabólicas, hacia los caminos insondables del mundo.

Tómese como ejemplo el último cuento del libro, «Melodía desencadenada». Obsérvese que su protagonista hace lo que hace no tanto porque los periqueros de la noche perturben su tranquilidad, sino porque el aguijoneo constante de su mujer lo provoca hasta en la distancia y le hace cometer lo indecible. Recuérdese también «El alimento de los mirmidones». Véase (quien lee, ve en su imaginación solitaria) a los dos protagonistas sentados mientras toman café y una línea de hormigas camina por las paredes de la cocina como camina ensimismada la gente por las calles de la ciudad derruida. Como en el cuento, al menor descuido, las hormigas humanas pueden destruir el objeto que simboliza el placer y la felicidad, y dejarnos abandonados a la melancolía en un autobús repleto de zapatos.

Aparte de lo expresado, El regalo de Pandora está muy bien escrito. Su estilo es rico y diverso; en ocasiones luce lleno de imágenes muy bien elaboradas y en otros momentos el lenguaje carga consigo la mezcla exacta de violencia, plasticidad y palabras soeces que hacen falta para que nos conectemos de manera natural con las experiencias de los personajes. También hay que agradecer la honestidad de este libro. Aquí no se busca agradar a juro ni hacerle ojitos a los popes de la literatura contemporánea, convirtiéndolos en personajes ni jugando a la autoficción. Aquí hay literatura de la buena, sin ostentaciones ni grandilocuencias.

Es hora de llamar a Héctor otra vez.